La película nos presenta a Nora (Renate Reinsve), actriz de teatro, atravesando el duelo por la muerte de su madre y cargando, casi sin decirlo, una relación rota con su padre, Gustav Borg (Stellan Skarsgård), un director de cine prestigioso que fue muchas cosas menos un padre presente. Gustav vuelve a filmar después de años y decide hacer una película íntima, casi confesional, sobre su familia. Su idea es que Nora sea la protagonista. Ella se niega. Él sigue adelante igual y contrata a una actriz de Hollywood, Rachel Kemp (Elle Fanning) para que haga el papel de Nora. Eso desata toda una mezcla de resentimiento, nostalgia y un montón de sentimientos que ninguno sabe muy bien cómo manejar.

A partir de ahí, se mueve en ese terreno incómodo donde nadie es del todo culpable o un villano en si. Gustav cree que el cine puede reparar lo que en la vida no supo manejar; sus hijas, en cambio, entienden que convertir el pasado en una obra no es lo mismo que hacerse cargo. Esa diferencia de miradas atraviesa toda la película y define el conflicto central
Joachim Trier vuelve a trabajar con personajes emocionalmente quebrados, como en La peor persona del mundo. Es una película que observa, espera y deja que el peso emocional se acumule solo. Con silencios largos, conversaciones cortantes y gestos mínimos que dicen más que cualquiera otra cosa.

Un Valor Sentimental puede sentirse fría en algunos tramos porque no es una película que busque caer bien. Hay decisiones narrativas que parecen deliberadamente distantes y subtramas que quedan a medio camino. Pero también es en esa incomodidad donde encuentra su relato, su identidad. Trier no quiere cerrar heridas, apenas las expone. Habla de padres que fallan, hijos que no perdonan del todo y del arte como un intento, a veces noble, a veces egoísta, de darle forma al dolor.




