“Stan & Ollie” de Jon S. Baird

Una Joyita oculta de Netflix

Hay películas de formato y presupuesto “menor” que navegan por el universo del streaming. Y ocasionalmente los espectadores habituados a ver productos sobrevalorados por la publicidad oficial, por sus luminarias o por las temáticas hoy impuestas por el mercado, alcanzan a vislumbrar en la sobresaturada cartelera. Una de ellas, de reciente aparición en NETFLIX es “Stan & Ollie” de Jon S. Baird de 2018. Una pequeña joya oculta dentro de un envoltorio de papel celofán que dice: “Atrévase”. No es una más de las biografías parciales de aquellos nombres que han quedado esculpidos en la memoria de generaciones.  

Para empezar, John C. Reilly (el Gordo) y Steve Coogan (el Flaco), resultan mucho más que simples buenos actores brillantemente maquillados para suplantar a los dos personajes icónicos de una época de la comedia mundial. En esta ocasión, la puesta en escena construye, fabrica y le da vida propia a los originales Stan Laurel y Oliver Hardy. Hay algo mágico en la actuación de ambos que merecen nuestros aplausos. 

Como si estuvieran tan cómodos en sus ropajes y cuerpos que convencen e imponen a esos dos “nuevos” personajes. No es una película histórica sino un film actual. Porque entre otras cosas, muestra nuevas dimensiones del campo fílmico. Me refiero a la relación amorosa que los sostuvo como un dúo cómico del espectáculo cinematográfico y teatral así como un documento sobre el estilo de lo cómico que en la actualidad es prácticamente inexistente, inimaginable. 

Empecemos por ese extremo. Lo que me importa en este caso no es contar de qué se trata el film de Baird, (interesante recorte de las andanzas  de ellos dos por la Inglaterra de los años 50), sino detenerme en una o dos escenas  solamente. Stan y Ollie (nosotros los conocimos al revés, como “El gordo y el flaco”, Oliver y Stan) realizan una gira que pretende volverlos a colocar en la fama luego de un tiempo de no hacer películas. Era la época cuando el público fumaba dentro de las salas y se vestían especialmente para asistir al teatro. Algo reservado para un público variado, pero no cualquiera. 

Me referiré a un sketch que ellos llamaban “el de las dos puertas” y que sabían que siempre salía espectacularmente bien. Vemos a Oliver  sentado en un banco en una estación de tren, esperando la llegada de algún convoy. Hay dos puertas detrás, una que dice “boletería” y la otra “sala de espera”. Oliver  decide entrar a la boletería, tal vez queriendo saber acerca del horario  y cuando eso ocurre, Stan sale  por la puerta de la sala de espera. Así es como comienzan a buscarse uno al otro. Ya que no se encuentran ni afuera ni adentro. Todo dura algo así como dos minutos, donde ambos se cruzan como si fuese un acto de magia, sin verse, sin chocarse, cada quien habitando un cierto “punto ciego” del otro. Hasta que finalmente Oliver dice: “Increíble” y Stan lo ve frente a él. 

Es una escena terriblemente simple y compleja a la vez. Ya que resume, condensa, a la pareja, a muchas parejas. Lo que podríamos llamar “el desencuentro amoroso”, pero bajo el disfraz de la candidez, la inocencia, el silencio y el desentendimiento. Sobre el fondo de una premisa: no estoy allí donde me esperas, pero aunque me desespero por hallarte, una vez que uno de nosotros se detenga y no se mueva, el otro va a finalmente aparecer. En esa escena no hay caídas ni bofetadas ni tropiezos físicos sino que explotan al máximo nuestros propios puntos ciegos, los del espectador. 

No puedo imaginarme a nadie que pueda quedar incólume ante esa escena. Ni hoy, cuando el público está adorando y excitado por la velocidad de las conexiones, los contactos, las informaciones, las imágenes, los artificios de los artefactos de comunicación, de localización, de captura. Es imbatible, porque habla sin palabras en un tiempo y un espacio construido casi sin artificios. El público también se ríe de sí, como resultado de imaginar algo donde allí casi no hay nada. Convengamos que en la actualidad, debido a la presencia soberana de los dispositivos remotos de comunicación personalizados, el espacio y el tiempo de la risa ha mutado. Hay una especie de espanto frente al vacío, a lo que no se sabe. Cualquier tropiezo de nuestra memoria es completado inmediatamente por Google, nuestro yo ortopédico. 

También encontramos guiños políticos cuando ambos cómicos, entusiasmados en hacer una nueva versión de Robin Hood, pretenden cambiar el archiconocido lema del héroe:  “robarle a los ricos para darle a los pobres”. Es así como Laurel, el guionista principal del dúo, propone decir que se trata de “robarle a los pobres para darle a los pobres… así nos ahorramos a un intermediario”. Está políticamente constatada en nuestros gobernantes de turno, salvan al intermediario (a los ricos, a los bancos, a los dueños de los medios de producción), sustrayéndoles a los pobres lo poco que tienen haciendo creer que  “protegen el salario”. Tragicomedia.    

La otra línea que este pequeño film muestra con sutileza ejemplar, es la de la relación amorosa que entablan el gordo y el flaco. Nada de confesiones ni de salidas del closet ni militancia identitaria. Son dos hombres que han sido  una pareja despareja (incluso con sus respectivas esposas que participan y mucho en esta historia) a raíz de algo mágico, ya que se enamoraron por el amor a las palabras. En un momento que confiesan sus sentimientos de que cada uno ha traicionado a la pareja en distintos momentos de su vida artística, Laurel le dice: “I loved us” (Yo amaba lo de nosotros/lo nuestro). A lo cual Ollie le responde  “You loved Laurel and Hardy, but you never loved me” (“Amaste a Laurel y Hardy pero nunca me amaste a mí”). 

Ese punto cúlmine, discreto, pudoroso si se quiere, refiere a la disparidad amorosa, cuando Ollie toma la parte activa y sube la apuesta. Se trata casi socráticamente hablando, no de hablar del amor sino de decir quien ama a quien. De alguna manera, ese momento es el que cura la fractura (otro significante del film) que los estaba separando, recordando una de las primeras apariciones del dúo en el film. El gordo con una pierna enyesada es visitado por el Flaco, quien le trae de regalo huevos y nueces en lugar de los dulces que tanto le gustan al gordo. “Increíble”

Altamente recomendable para “todo público”, siempre y cuando estén dispuestos, a atreverse a salir de la vida cotidiana siglo XXI y arriesgarse a compartir un tiempo que empezaba a estallar a partir de la invención de los medios electrónicos al servicio de la industria del espectáculo. Contar una historia que aunque termina como todas, es decir, con la muerte de los personajes, requiere de una cierta mano, de oficio, para distraer al público de lo que sería la “decadencia” del dúo, la enfermedad y llevarlo a recrear un estilo de diálogo y de acción cómica, con algo de nostalgia y mucho más de homenaje. 

M.B.

Crítica por: Mario Betteo.

Edición: Francisco Mendes Moas.

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