El poder, la contracara de la esperanza. Crítica a “Planta permanente”

La película de Ezequiel Radusky fue premiada en el Festival de Cine de Mar del Plata.

Planta permanente (2019) es el primer largometraje del director tucumano Ezequiel Rudasky. Narra la historia de Lila (Liliana Juárez) y Marcela (Rosario Bléfari), dos amigas y compañeras de trabajo que se desempeñan como personal de limpieza en un edifico estatal. Sus vidas transcurren sin demasiados sobresaltos hasta que se produce un cambio en la gestión. La llegada de una nueva directora (Verónica Perrotta) altera el orden y esto modifica sus vínculos laborales y personales.

Pasillos vacíos con pisos de mármol, vestíbulos al amanecer, la cúpula de un inmueble y el taller de un carpintero, constituyen los diferentes escenarios en los que transcurren los sucesos. No obstante, en el conflicto principal, cobra relevancia un comedor que, en un principio, funciona en un improvisado recoveco del edificio de Obras públicas. Montado sobre un montón de objetos inservibles, el comedor se transforma en un botín preciado que enfrenta a Lila con Marcela, librando entre ellas una batalla con un final imprevisto.    

El tema del poder atraviesa y da forma al relato. La amistad que comparten ambas mujeres no siempre es la misma, sino que muta, se convierte y se resignifica; cambia en la medida en que ellas lo hacen. Esta transformación se advierte en los gestos mínimos que van trazando la personalidad de cada una de ellas. Las protagonistas pertenecen a la planta permanente de esta dependencia estatal. Pero con el cambio de dirección, se produce una ola masiva de despidos: en algunos casos, de personas cuyos contratos son temporarios; en otros, de personas con años de prestaciones. La nueva directora decide quién se va y quién se queda. En este film, el poder se construye como la contracara del discurso de la esperanza.    

El discurso que pronuncia la directora al asumir su cargo, se desarma en propuestas que nunca llegan a cumplirse. Es un discurso construido con todo lo que un buen discurso político debe tener: un buen manejo del tono de voz y promesas que suenan a eternas. No obstante, aquello que dice que no hará, lo hace: los despidos de vuelven una realidad y cambia la dinámica del funcionamiento del edificio. Los vestigios de ese discurso inicial reflotan fragmentados, desperdigados, en reiteradas ocasiones a lo largo de la película.

Exhaustas, un tanto fatigadas y convertidas en personas que parecieran nunca haberse conocidos, Lila y Marcela buscan una palabra de aliento que nunca aparece. Libradas al azar de sus propias decisiones: por un lado, el deseo de crecimiento personal; por el otro, cierto grado de ambición, ambas mujeres se miran de reojo para delatar las frustraciones ajenas que, en un punto, asumen como propias.

La falta de poder produce agitación y la sensación de ahogo llega a su punto más álgido en una contienda por la licitación del comedor. Las órdenes de embargo, los préstamos y los endeudamientos van acorralando a estas mujeres que se construyen en espejo. En suma, entre archivos, contratos y bandejitas de comida, la trama se mezcla con uniformes, camisas y corbatas. Esta película muestra cómo el poder colisiona con la esperanza.     

Actuación
Arte
Fotografía
Guión
Música

La película traza una geografía social para denunciar el poder como un bien que no tiene dueño. Conmueve, especialmente, la actuación de Rosario Bléfari, ya que este film constituye su último trabajo en la pantalla grande.

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Juan Páez

Licenciado en Letras y Diplomado en Periodismo Digital.

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