Todos los domingos de agosto será proyectada en el Malba El príncipe de Nanawa, un documental ganador del máximo premio del Festival Visions du Réel, realizado por Clarisa Navas (Las mil y una, 2020) que retrata, durante nueve años, la vida de Ángel, un niño oriundo de la frontera entre Argentina y Paraguay.
En 2015, mientras trabajaba en otro proyecto —y casi por arte de magia—, Clarisa se cruza con un niño que quiere hablar frente a la cámara. Esa fue apenas la chispa para iniciar un registro que se extendería durante casi una década: la vida de Ángel, un niño curioso, noble, obsecuente y parlanchín, que quiere salvar a los animales y que constantemente piensa —sueña— con la inocencia de un infante y la consciencia de un adulto, que es posible construir un mundo mejor.

Tras ese primer encuentro fortuito, Clarisa promete volver a visitarlo cada vez que pueda. Esta vez le deja al niño una cámara para que retrate lo que le parece bello pero también lo que le parece injusto. Lo cotidiano, lo que despierta su curiosidad: su entorno, su familia. Así, el film se vuelve un relato (quizás demasiado) íntimo de su vida, pero también un espacio para mostrar interrogantes, el amor, la amistad, y la pregunta de si lo bello puede prevalecer frente a las adversidades. Con el niño príncipe pareciera que sí: que todo es posible, que todo está vivo a pesar de la hostilidad que habita.
El príncipe de Nanawa genera en el espectador una dosis constante de ansiedad: uno quiere saber qué ocurrirá con el personaje principal. Quizás porque es tan cruda como pura y real, tiene algo cuasi hipnótico; uno se queda atrapado en la pantalla sin poder apartar la mirada.
En tiempos en los que predomina la necesidad de consumo inmediato —y donde hasta una película corta lucha por mantener nuestra atención—, este film consigue que el espectador permanezca enganchado durante tres horas y media. Y no solo eso: logra que nos sintamos cercanos a Ángel, como si fuera un amigo, alguien a quien queremos proteger.

De allí radica el éxito del film: Navas no solo consigue que empaticemos con cada matiz de la personalidad del protagonista, sino que también nos interpela, porque capta algo que nos sucede a casi todos los adultos y que hasta ahora nadie había retratado con semejante precisión: la pureza y el optimismo que todos tenemos, y que con el tiempo se corrompen. Aunque en Ángel, incluso ya de grande, se ven destellos de ese niño tierno y justiciero, y eso emociona.
Durante este film somos testigos de cómo juega, crece y se vincula con su familia; presenciamos desgracias y penurias, pero también momentos de ternura, no exentos de cierta tensión, entre Ángel y el equipo de producción, entre Ángel y sus pretendientes, entre Ángel y su vínculo con el mundo.

La etapa en la que ya es un adolescente resulta más que interesante para darle sentido a toda la primera parte: funciona como la frutilla del postre. Vemos a un Ángel crecido, rebelde, fugaz.

Aquellas dudas y ternuras que habitaban en él ahora se tiñen de una realidad dura, de pesadumbre y de malestares, donde la tierra que habita no parece ser precisamente un lugar plagado de oportunidades. Y, aún así, siempre prevalecen la resistencia y el amor —en todas sus formas—. El amor es un vehículo constante en este film tan crudo como necesario.




