Trece años después de sorprender a la crítica con su laureado debut “De martes a martes” (2012), el realizador y camarógrafo argentino Gustavo Triviño regresa a la gran pantalla con “La casa” (2025). Producida por Productora MG y Cacodelphia Studios, la película llega a su estreno comercial este jueves 8 de octubre precedida por su notable recepción en festivales.

Lejos de ser un quiebre en su carrera, el film establece un diálogo temático directo con su ópera prima; si en aquella oportunidad el foco estaba puesto en el agobio de los sectores populares para llegar a fin de mes, aquí Triviño expande su universo hacia las microtensiones de la alienación de la clase media alta y el desamparo social frente a un mercado laboral implacable. Este relato adopta la perspectiva de Hugo (Diego Peretti), un contador de 57 años cuya aparente estabilidad se desmorona de inmediato tras la inesperada muerte de su jefe. Despedido sin contemplaciones por la nueva y joven gerencia de la empresa, el protagonista pasa de disfrutar de una casona lujosa —provista de parque, piscina y lujos que su antiguo sueldo solventaba— a quedar expuesto a la intemperie de un sistema netamente expulsivo.
Triviño aborda esta primera mitad del metraje con el pulso de un descarnado drama de desocupación que, apoyado en la fotografía de Germán Constantino, acentúa de forma visual el aislamiento y el desamparo del personaje a través de encuadres precisos. El guion esquiva con inteligencia el melodrama barato y se enfoca en la humillación sutil pero persistente de las entrevistas de trabajo; allí, la vasta experiencia de Hugo choca de frente con la indolencia de reclutadores jóvenes a quienes su presente parece importarles muy poco.

La empatía con el espectador se consolida de forma inmediata ante esta asfixia en un mundo en crisis, la cual encuentra un correlato sonoro ideal en la banda sonora compuesta por Iván Wyszogrod. A través de un diseño de audio milimétrico, la música subraya el agobio mental del protagonista mucho antes de que la trama vire formalmente hacia el conflicto central.
En este sentido, la verdadera destreza del film radica en su capacidad para mutar de piel de manera orgánica. Frente a la lógica sugerencia de un amigo (Fabián Arenillas) de vender la propiedad para capitalizarse en departamentos de alquiler —idea que el orgullo de Hugo rechaza de inmediato para no deshacerse del esfuerzo de toda su vida—, irrumpe una alternativa tan sospeosa como atractiva: el “Negro” Bernal (César Troncoso), un misterioso mediador que propone una venta al 50% de su valor bajo la condición de un usufructo vitalicio que le permitirá al dueño quedarse en la vivienda hasta el día de su muerte. A partir de este pacto, la puesta en escena transmuta el drama social en una atmósfera enrarecida de suspenso e intriga claustrofóbica, donde las decisiones espaciales de la dirección refuerzan la pérdida definitiva de control.
Paralelamente, el director maneja la tensión con cautela pero sin perder ritmo, construyendo una paranoia colectiva donde todos los personajes se vuelven dudosos. Si al principio las sospechas recaen sobre el entorno corporativo, la ambigüedad se expande de tal forma que el espectador termina desconfiando de los gestos más cotidianos, personificados en una aparente e inocente viejita que vende sándwiches de milanesa.
Este enrarecimiento se hace fuerte gracias a un montaje preciso y a la inteligente composición de sus encuadres. Triviño recurre a primeros planos y planos cortos que funcionan en un doble sentido dramático: por un lado, escudriñan el rostro devastado de Hugo, capturando la paulatina degradación de un hombre acorralado, mientras que, por el otro, la cámara de Constantino congela los gestos contenidos y la mirada sibilina de Bernal. El notable duelo interpretativo entre la soltura trágica de Peretti y la presencia física magnética de Troncoso se ve potenciado por un sólido elenco de reparto donde figuras como Guillermo Arengo, Mariano Argento, Gastón Cocchiarale, Mario Alarcón, Pablo Pinto y Joaquín Berthold completan con solvencia el entorno de sospecha generalizada, transformando la vivienda en un personaje vivo y amenazante.

Hacia su tercio final, la película quiebra por completo las expectativas del público mediante un giro totalmente impredecible que le da forma al clímax definitivo del relato. La música de Wyszogrod abandona la sutileza anterior para volverse punzante, dictando el pulso de un desenlace donde el tratamiento visual se vuelve mucho más dinámico y visceral.
Es en este estallido físico donde el director recupera explícitamente sus marcas de autor; aquello que al principio del metraje se manifestaba como un brutal cabezazo en la nariz durante el despido laboral, encuentra aquí su reverso definitivo. Mientras que en “De martes a martes” la agresión quedaba reprimida en la imaginación impotente de su protagonista, en “La casa” esa violencia seminal finalmente se expande y se corporiza en un desenlace irreversible. Así, el film termina revelándose como un notable ejercicio cinematográfico de home invasion a la inversa, obligándonos a reflexionar, con un genuino y sostenido nerviosismo, hasta dónde es capaz de llegar un hombre para resguardar los últimos vestigios de su identidad y su territorio.




