El sábado 16 de agosto, en el Palacio Libertad (ex-CCK), se presentó El Acorazado Potemkin de Sergei Eisenstein, la proyección de la copia restaurada –propiedad de la Fundación Cinemateca Argentina– fue posible gracias a la colaboración de los Estudios Mosfilm y Dialog Consulting Group. A su vez, se la acompaño con música en vivo a cargo de la Sinfónica Juvenil Nacional Libertador San Martín bajo la batuta de Santiago Chotsourian. La sala estaba llena y el ambiente era de expectación: ver un clásico de 1925 en el centenario de su estreno y acompañado por una orquesta no es algo que ocurra todos los días. Desde el primer acorde hasta el último fotograma, el público fue testigo de una experiencia que trascendió la pantalla y el escenario.

Una obra que no envejece
El Acorazado Potemkin narra la rebelión de los marineros del acorazado en 1905 y la brutal represión en la escalera de Odessa, esta escena sigue siendo, un siglo después, una clase magistral sobre cómo el cine puede moldear la emoción y la percepción del espectador. Lo impactante es cómo, a cien años de su estreno, la película sigue transmitiendo con claridad y crudeza la injusticia, la violencia y la necesidad de organización colectiva. No es un título reservado para cinéfilos de élite: su fuerza visual y su mensaje siguen siendo directos y accesibles. La música en vivo no hizo más que potenciar esa vigencia, dando cuerpo y ritmo a cada imagen, a cada momento.

El cine como experiencia colectiva
Más allá de la calidad del film o de la música, lo que terminó de darle sentido a la noche fue la respuesta del público. Al finalizar la sala se hizo eco del aplauso sostenido, de la euforia de sus espectadores. Me recordó que el cine es un ritual comunitario. Ver Potemkin en una sala colmada, con las emociones compartidas, es muy distinto a verlo en solitario en una pantalla hogareña. Ese carácter colectivo es, justamente, lo que lo convierte en un arte vivo, en una obra increíble y atemporal.

Conclusión
Ver hoy Potemkin en Buenos Aires también invita a una comparación inevitable. En un país donde el cine nacional atraviesa una crisis profunda —con el INCAA paralizado y el financiamiento recortado bajo la actual gestión—, esta obra resuena como un recordatorio de que el arte siempre surge del conflicto y la necesidad de expresarse. Eso quedó reflejado a flor de piel entre los espectadores, al grito unísono de “CCK” y “Aguanten los trabajadores”, entre tantos otros dichos. Mientras la cultura local es empujada a convertirse en un lujo, Eisenstein recuerda que el cine nació como arma colectiva, como grito contra la injusticia. Esa conexión es la que hizo que la proyección del sábado no fuera solo un homenaje a un clásico, sino también un acto de resistencia cultural en un presente que lo necesita.



