Karnawal de Juan Pablo Félix. Crítica

Desde hoy en salas de cine, Karnawal de Juan Pablo Félix. Una pequeña historia que ensambla el drama familiar con la pasión por la música.

Karnawal, la multi-premiada película, es una representación extraordinaria de la cultura del Malambo, aunque también atraviesa tópicos vinculados con la masculinidad y el rol de un padre. Nos deja como lección que un hijo debe de encontrar sus propios pasos para no andar por las huellas de otros. Zapatero a tus zapatos.Cines Argentinos | La web de cine más visitada de ArgentinaMúltiplemente premiada, Karnawal (2020) película del director y guionista Juan Pablo Félix, abre la ventana para un aire fresco que proviene del norte argentino. No lo decimos por su esplendorosa geografía ni por el colorido ambiente carnavalesco diablero que la enmarca. Es una pequeña historia que sin pretensiones de reclamar premios mayores, ensambla a su manera, un dilema ancestral como los tiempos. ¿Qué es un padre? ¿Qué función cumple? ¿Cómo el ritmo de la música se instala en el cuerpo y hace de él un sitio de posible resistencia  frente al vendaval de la necesidad y la ambición sin precio? 

Un joven comete un delito; ese joven convierte a ese delito en la manera de hacerse de un par de botas; el muchacho es un promisorio bailarín de malambo a punto de concursar en un torneo local; lo llaman Cabra y vive con su madre y el novio de ella, pero en un clima familiar de silencio y tensión violenta. De pronto, aparece el aparecido, el Corto, el padre de Cabra, reclamando un auto para poder trasladarse, porque ha salido de la cárcel de manera condicional. Así es como se reencuentra Cabra con su padre. Rosario, su madre, obediente al llamado de su hombre del pasado, sale a la ruta en un auto desvencijado, abriendo un road movie local que entrelaza una pasión (el baile), con otra pasión (el amor del y por el padre). Porque el film muestra cómo el Corto regula, re-direcciona digamos, apacigua la relación agresiva que hay entre Rosario y su hijo. 

Espléndido hallazgo el de Martín López Lacci en sus miradas, sus silencios y su descomunal elasticidad rítmica y expresiva del malambo. Una forma de baile, solitario y grupal que lo practican los hombres, de ostensible zapateo, y vestido con usanzas gauchescas. Es marcadamente varonil y al mismo tiempo, gracias a cierto giro que le da el director, se ensambla cierta aura femenina, que lo unifica pero sin completarlo. ¿Será debido a eso que al joven se lo llama Cabra? Conjeturamos que es un nombre de género femenino (la cabra), aunque suene como el Cabra. La identidad es una mezcla, una combinación, un encastre, un compuesto de retazos.   

Alfredo Castro, por su parte, se luce en su versátil personaje de padre que pretende encauzar a su hijo, cuando él mismo es un des-encauzado (no deberíamos estar tan seguros de eso); que despierta el deseo y la vida en el cuerpo de Rosario, aunque ella sepa que ya no lo acompañará más; que es admirado y seguido por este hijo el cual con sólo ver a su padre, le renace el brillo por las cosas. Un padre que salva al hijo de la cárcel, pero que sus actos lo llevan, una y otra vez, al enfrentamiento con la ley: una ley que pretende limitar el robo y el homicidio, pero que participa de ellos en un negocio oscuro y opaco. 

Si hay una lección en este film, será que un hijo debe de encontrar sus propios pasos para no andar por las huellas de otros. Zapatero a tus zapatos. Las botas que hacen doler y sufrir, lo transfiguran al Cabra en un baile diabólico del deseo. A su vez, el Corto padre continuará realizando sus propios pasos al ritmo de su propio baile.

Película de encuentros y desencuentros necesarios; de pérdidas y recuperaciones; de esperanzas sin esperanzas.

Crítica: Mario Betteo

Edición Periodística: Andrea Reyes

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