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“Marianne & Leonard: Words of Love” de Nick Broomfield. Crítica

La historia de amor de Leonard Cohen y Marianne Ihlsen: entre el cielo y el infierno.

“Marianne & Leonard: Words of Love”, una película que enseña mucho más de lo que pretende enseñar acerca de la diferencia que hay entre el amor, el erotismo y el deseo.

Marianne y Leonard: Palabras de amor (2019) - FilmaffinityUn documental de origen inglés que ofrece Netflix “Leonard and Marianne: words of love” del director Nick Broomfield (2019), es una inmejorable ocasión para realizar un ejercicio de lectura acerca del amor y de sus peripecias. Convengamos de antemano que la historia que nos relata el film, enhebrada a través de un archivo de imágenes de variada especie, y entrevistas a los amantes y a sus familiares, amigos y colaboradores, es insuperable para este fin.

Leonard es Leonard Cohen, un poeta, escritor y cantautor de mediados de los años ‘60, canadiense de nacimiento, que incursionó en los escenarios del rock y el folk americanos y europeos. Sus arranques como escritor y poeta le dieron pie para que se soltara a cantar sus composiciones, de manera muy simple, solamente con una guitarra y una voz mezcla de conversación y susurro. Vivió hasta el año 2016, pero su aventurera vida mereció la atención de músicos y productores. 

Marianne es una joven noruega, de una belleza típicamente nórdica que conoció a Leonard en la isla griega de Hydra, donde ella residía y él había hecho pie a mitad de los ‘60. Ese encuentro y la relación que establecieron fue en algunos círculos una mezcla de leyenda blanca y leyenda negra. De alguna manera continuaron enlazados amorosamente hasta la muerte de ella pocos meses antes que la de él. El documental nos hace acompañarlos en esos casi 50 años y ser espectadores de una notable epopeya de dos cuerpos que no pudieron vivir juntos mucho tiempo pero tampoco separados. 

Dos escapistas que se encontraron en el aire y creyeron que con ayuda de los impulsos que da el consumo del ácido lisérgico, iban a poder sostenerse flotando sin precipitarse sobre la dura roca de la otra existencia. Refugiados en el amor. Alguien llegó a decir que los poetas no son buenos maridos.  

Para Leonard, su propia madre habría sido la fuente de su apreciación por la música, una mujer que se dice que estaba loca, que formaba parte de una familia judía acomodada de Montreal igualmente que el padre de Leonard. Que él haya estudiado letras pero sobre todo que hubiese encontrado su propia voz en la poesía, en las letras, realmente fue el ancla que le permitió siempre poder alejarse de las costas de la vida convencional y armoniosa de la gente común y no perderse, no extraviarse. De vez en cuando, fue esa línea del poeta la que lo sacaba de lo que él llamaba sus depresiones, sus consumos de droga desesperados, su intermitencia en el encuentro con las mujeres. Leonard era un sonado conquistador de jóvenes y que así como entraban a su vida, salían. La excepción fue Marianne. ¿Qué forma del amor imaginaba Leonard para decir que él no era capaz de amar? ¿Cómo sabía acerca de eso? ¿Pretendía acaso un amor puro? ¿Un amor absoluto? 

Luego de publicar un libro experimental llamado “Beautiful losers” (“Hermosos perdedores”) y conocer a Marianne, se plantearon un juego que no sabrían nunca hasta cuando iba a ser jugado entre ambos. Leonard sabía algo acerca de la locura, que lo acercaba y lo alejaba de su trato con ella. Es ejemplar el modo en el cual Leonard convencía a sus músicos a que fuesen a tocar a los hospicios psiquiátricos, sin miedo, donde él disfrutaba ofreciéndoles voz y escenario a los que no la tenían, a quienes vivían en el reclusorio. Su apetito por las mujeres no tenía límite y estaba auspiciado por una época, la de los ‘60 y ‘70, en las que el mundo hippie, sus ideales y sus costumbres de libertad sexual, le daban a Leonard el viento como para inflar sus velas eróticas. 

Es muy interesante constatar que en el caso de Leonard, y en la mayoría, el consumo de droga, sea la que sea, no produce a un poeta, a un escritor o a un músico: simplemente potencia ciertas habilidades, desinhibe ciertas parálisis, pero no causa el deseo del artista. Eso está o no está presente en alguien, previo al encuentro con la droga. Los innumerables temas que él compuso y que fueron retomados por cientos de músicos, “Hallelujah”, “The partisans”, “So long Marianne”, “Suzanne” se sabe que resultaron y se produjeron en medio de viajes e intoxicaciones. De todos modos, la única “droga” que él producía, sin necesidad de un asistente objeto exterior, fue definitivamente la cosa poética y musical. 

Por parte de Marianne, seguimos la ruta de su vida en esa isla de Hidra que todos decían que se les metía en el cuerpo los que allí habitaban (como si fuese una droga más), porque era un lugar que se comportaba realmente como una isla separada del mundanal ruido de las ciudades, donde, el erotismo se palpaba en el aire y en los habitantes, excitados por los aromas del lid y el Mandrax (a Leonard lo llamaban Dr. Mandrax) y era una verdadera “zona”, un espacio entre dos mundos, un refugio. Ella tenía un hijo, Axel previo a conocer a Leonard, el cual sufrió luego un destino infernal y desquiciado. 

¿Qué los unía tan desesperadamente? ¿Qué los separaba tan desesperadamente? ¿Cómo podían sobrellevar esos torbellinos de pasión sin que él quedase errando por el mar Egeo? La película da a entender que fue la música, ese lenguaje que no es plenamente un lenguaje como los otros, el que junto con la poesía, permitió a Leonard, como si fuese Ulises, sobrellevar con su ayuda, las tormentas y los seres inimaginables que quiso atravesar. No por nada, a partir de 1994 hasta 1999, Leonard se recluyó en un monasterio budista. Según sus propias palabras, “necesito saber algo más del amor, porque es una actividad para encarnar al hombre y a la mujer, al cielo y al infierno, a dos poderes iguales pero distintos, que deben de poder intercambiarse entre los dos cuerpos”

Es una película que enseña mucho más de lo que pretende enseñar acerca de la diferencia que hay entre el amor, el erotismo y el deseo. Y, sobre todo, del alcance que tiene para cada quien, el misterio que se aloja en los cuerpos vivos, y que la figura del amor, recubre y pacífica en nombre de la unión de las almas y los cuerpos, ciego pero que muchas veces es impotente a la hora de recubrir perfectamente a los cuerpos. Ese espacio vacío es por donde se formula lo inextinguible del deseo que se manifiesta en acuerdo con el amor en el erotismo. Es por donde surge la Hidra monstruosa y policéfala. Leonard y Marianne sabían que un hilo de oro los mantenía unidos y separados, aunque él le cantó a su musa, momentos antes de morir ella, que se encontrarían al final del camino. Eso se llama una muerte romántica.

Crítica: Mario Betteo

Edición periodística: Andrea Reyes

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