La concentración y conservación del sonido por medio de la naturaleza y las coplas de Juan Armando Soria hacen de un documental de observación, el más rico folclore tucumano. Además, una celebración a los ritmos campestres y gauchescos con tramas de tristeza y soledad. Por. Florencia Fico

El documental argentino “La nostalgia del centauro” dura 70 minutos.Posee la dirección y guión de Nicolás Torchinsky. La música compuesta por Pablo Butelman y la fotografía de Baltazar Torcasso. Los intérpretes fueron:  Alba Rosa Díaz, Juan Armando Soria, Fabián Moya y Roberto Moya. La producción en manos de Cabeza Negra Cine. Y aborda el género documental, argumentos sobre la vejez y la vida rural.

El resumen del filme es en un punto alejado de los cerros tucumanos residen Alba y Juan, una relación de adultos mayores que contestan a cánones y rituales de una costumbre gauchesca que los sobrepasa. Con cierta edad madura donde no queda mucho por contar, y el repetir sus relatos repiquetea para dar directivas a sus cabras o para volver a mencionar las rimas viejas de la construcción imaginaria de la existencia rural.

La fusión entre Butelman y Torcasso hacen un escenario de un fogón el panorama de los pensamientos de un anciano como Juan. Se complementa con el ruido de grillos, ronquidos de un caballo y primeros planos de un caballo relinchando. El ocaso de una noche donde el animal y el hombre conjugan una mismo ser; el mítico “centauro”.

Esas dos partes son el hilo conductor del guión y dirección que dispone Nicolás donde, por un lado, hay la esencia de los animales por todos lados ya sean: pájaros, cabras, obejas, vacas, cerdos, terneros, crias y asimismo insectos ya sean larvas o grillos.

Por otro lado, la mano del hombre que manipula la naturaleza para hacer fogones, limar cuchillos, despellejar animales, matanza de especies, hacer coplas y rimas, rezos y manifestar sus historias de vida.

Es chocante para un público defensor de las criaturas, el quejido de un corte a uno de ellos ya basta para pararse e irse de la butaca aunque así es como se gana la vida la comunidad, un mensaje subliminal del padecimiento de la fauna.

Juan canta una melodía originaria en plano americano. El suelo arenoso rojo  y espejado con el fuego anaranjado espejándose en un piso colorado. Su vestuario es una bufanda de lana y anteojos.

Torcasso da tomas opacas o sepia, en lugares cerrados como su casa de adobe y en los momentos más fríos de estaciones invernales. Dando lugar al dejo de una época pasada o sin ánimo. La pisada en el hielo lenta y las palabras por fragmento demuestran la palidez de los años transitados. Los accesorios de Juan como el bastón, un bigote canoso y sus lentes con aumento personificaban sin dudas a un anciano apocado.

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Los planos detalle o en plena jineteada de los caballos son un espectáculo que regala el documental donde el ring de los gauchos como Juan se autoperciben como triunfadores.

La fauna gloriosamente capturada por Torcasso entre árboles pelados la niebla tapa todo con su manto blanco y se desata la tormenta impiadosa con un trueno estruendoso.

La música de Butelman es envolvente en un inicio con guitarras criollas tono de balada folclórica y al final con un toque redoblante donde suenan: bombo leguero, caja de percusión, arpa popular y/o charango. También aprovecha el canto de aves, voces de niños gritando, el choque de cuernos en peleas de ganado, el zumbido de un panal de abejas, el encendido de un fósforo.

El tratamiento especial picado y contrapicado de Alba orando desde arriba y su rezo abajo ante la cruz muestra la mixtura de Torcasso y el oído de Butelman quien registra que se queda sin aliento al parecer. “Para San Antonio para que me haga encontrar todas mis cosas, que uno necesita o haya perdido”, la voz en off de ella.

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Las escenas domésticas separan a Juan y Alba sólo se juntan para dormir. Ella teje, lava la ropa y el en una toma a contraluz con sombrero de gaucho mira al horizonte. Las caminatas aisladas de ambos él zigzaguea y ella camina para rezar el Ave María o el Padre Nuestro.

El afila su cuchillo, arma el pastorea. Desde los 20 años que Juan trabaja en ingenios, luego en el  servicio militar, posteriormente en pastorear al ganado, se hizo carrerista, se peleaba con algún gaucho y participaba de fiestas o desfiles rurales.

En cambio, ella barre su casa recorre el  pastizal ” tantas cosas habíamos de hablar”, comenta como desganada.  Confesaba que él se iba al norte y la dejaba sola, no tenía qué comer y le pedía a los vecinos. “Plata que agarraba la ponía en caballo y ponerles zapatos”, atestiguaba Alba por su fanatismo por la especie, pero a ella le gustaba más vacas ya que con eso alimentaba y vendía a los lugareños.

En escenas silvestres Nicolás toma el espíritu llamativo de dos personajes que conversan por separado con él y recupera la narración oral proveniente de la tradición de las leyendas o fábulas rurales. Es el caso, de su agradecimiento especial al “Gauchito Gil”. 

Rememora el trabajo manual con las leñas del anciano, una pava y haciendo mate él sentado, rechina su silla, sorbe y casi mira a cámara.  Es notoria la caída del chorro de agua y enfoque en detalle a sus manos de laburante. Su esposa barre el piso y le murmura a alguien, la escoba rasga el piso, mira su casa y apaga la luz.

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En todo momento se hace alusión al caballo en decoraciones de la casa, galopes, el trote del ganado, las rondas y cabalgatas.

Alba y Juan comparten su religión cristiana en palabras de Soria: “Dicen que los caciques amparan a los cristianos, los tratan como hermanos, el que se va por su gusto y que pasan el susto y vamos pasando el poncho y vamos. Gracias le doy a la virgen y al señor en medio de tanto rigor no perdí mi amor por el canto y mi voz como cantor”, esboza Juan en su época más amarga y penosa.

Sus coplas y rimas lo aseguran: “Me dicen que no me quieren después de haberme querido, que pasa con esa prenda que jamás entendí. Me han dicho que tengo dueño, mentira no tengo nada. Solo duermo en la cama abrazando la almohada”

La marcha con los caballos y la bandera nacional están presentes en el filme como un símbolo patriótico – gauchesco tras una gran peña donde comen los chicos entre los ruidos de moscardones.

La única vez que el documentalista aparece es en una pregunta que hace aflojar la sensibilidad en Juan su costado más querible: “Extrañaba a mi madre y padre, pero más a la madre es pa’ todo punto de vista”.  El pasó muchos tiempos angustiantes, mientras estaba en el ingenio Ledesma Sociedad Anónima. Su paso por entrenamiento militar a fines de los años 50′, aún soltero y sin su familia era doloroso.

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Puntaje:80

 

 

 

 

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