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“La escuela del bosque” de Gonzalo Castro. Crítica

La película del escritor y cineasta Gonzalo Castro indaga en las percepciones y vivencias de quienes decidieron probar suerte lejos de su tierra natal.

Landscape

“La vuelta a Buenos Aires es la huella que no coincide con el zapato. Una ciudad transcurre en el recuerdo y la otra opera en el plano de lo real”, reflexiona la ex pareja de la protagonista. Este film, que se presenta en la Competencia Latinoamericana del Festival de Cine de Mar del Plata, está hecho de un entramado polifónico que construye una relación dialéctica entre la memoria y la identidad.

La actriz Guillermina Pico representa a María, una joven que hace tiempo vive en Barcelona, en el barrio de Gràcia, junto a su hija Isabel, una pequeña catalana de seis años. Ella se ha separado recientemente y ahora le toca afrontar la búsqueda de una nueva casa y, junto con ello, remover sentimientos, recuerdos y desarraigos.

Las voces y las historias de inmigraciones recorren el relato como los picados de la cámara y los planos fijos que se pasean por las calles de la ciudad. Una amiga de la protagonista le relata las vivencias de su padre y abuelos. Aquellos españoles habían huido a la Argentina temiendo la Tercera Guerra Mundial. El viaje les había parecido fascinante. Sin embargo, al poco tiempo ya habían retornado a su país.

Las experiencias narradas van quitando las capas de hojarasca guardadas en la memoria como quienes van atravesando un bosque y apartan con sus pies la vegetación del camino. El acto de volver a contar les otorga nuevas significaciones a los recuerdos. Iara, la hermana de la joven, le reprocha por todas las tristezas que pasó la madre de ambas cuando María partió de la Argentina.

Blanco y negro del paisaje. Isabel recoge frutas en el frondoso jardín de su abuelo, en la periferia catalana de Vallvidrera. Podría estar allí eternamente, entre los árboles. El contraste está dado en el caso de la niña. La pequeña percibe de otra manera el fluir del tiempo. “Los números son infinitos” para ella. No hay comienzo ni fin.

María dialoga con su padre. Los dos recorren las páginas de unos libros diseñados por él a lo largo de toda su vida profesional. Isabel, que está junto a ellos, juega a dibujar con unos marcadores de colores. Afuera, el bosque y el silencio. Una vez más la memoria y la identidad no se pueden concebir separadamente; se unen para latir de una forma acompasada.

Calificación

Dirección
Montaje
Arte y fotografía
Música

Este film, que se presenta en la Competencia Latinoamericana del Festival de Cine de Mar del Plata, está hecho de un entramado polifónico que construye una relación dialéctica entre la memoria y la identidad.

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