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“Ema” de Pablo Larraín. Crítica.

Al ritmo del reggaeton.

Presentada en el Festival de Venecia, la nueva película del director chileno, realizador de “No”, “El Club” y “Neruda” ya se encuentra disponible en plataformas VoD. Por Bruno Calabrese.

Ema (Mariana DiGirolamo) es una joven bailarina de reggaeton que decide separarse de su pareja, Gastón (Gael García Bernal), luego de abandonar a Polo, su hijo adoptivo. El pequeño de solo 7 años roció con alcohol a su tía en la cara y luego la prendió fuego. La gravedad del incidente hace que la pareja se deshaga del niño. Pero Ema no puede con su culpa, extraña al niño y junto a un grupo de compañeras de baile llevará adelante un plan para recuperarlo.

Antes de seguir escribiendo, quiero aclarar que no me gusta el reggaeton, quizás sea un prejuicio sobre la raíz de sus letras y cierto contenido misógino. Es algo similar a lo que le ocurre a Gastón, pareja de Ema y líder del cuerpo de baile al que ella pertenece. La mirada que muchos tenemos sobre el ritmo latino se ve resumida en las palabras de él, en medio de una discusión con Ema, el reaggaeton es “una cultura de la violencia, donde las mujeres se convierten el objetos sexuales y el hombre es un puto macho que está todo el tiempo metiéndole el puño en el culo a las mujeres”. Teniendo en cuenta esa mirada elitista, Larrain propone una reivindicación del ritmo, utilizándolo como herramienta liberadora de los cuerpos.

Ema es la abanderada de esa liberación, con ese fuego que lleva adentro y hace erupción por las noches, cuando sale con un lanzallamas a quemar objetos. Pero no cualquiera; semáforos (símbolo del orden establecido), calesitas y hamacas (símbolos de la niñez perdida) y autos (Símbolo del materialismo) son  víctimas de su fuego.

Pero no solo es el lanzallama su arma de liberación, también existe su cuerpo: para enfrentar a lo institucional representado en la abogada, a quien seduce con una intención manifiesta, llevándola a explorar  terrenos del goce y el placer que no conocía. Y también la voz, para seducir a la directora de la escuela donde se presenta a trabajar, con su discurso sobre la libertad de los cuerpos y las formas de expresarse, sobre lo positivo de rebelarse contra el autoritarismo, aunque la docente deba aclarar que, por su posición dentro de la escuela, debe imponer disciplina con los estudiantes.

Pero también hay otro fuego interno dentro de Ema, que va más allá del deseo de recuperar a Polo, es el deseo del hijo propio. Ese que no le pudo dar Gastón por su infertilidad, lo que los llevó a optar por la adopción. Cuando Ema encuentra quien pueda satisfacer ese deseo, Larraín explora los bajos instintos con metáforas que rozan lo vulgar, como un seductor bombero cargando una potente manguera junto a Ema, seguido con una escena sexual entre ambos, emulando a la escena del acto sexual entre los caballos  en “Fiebre” de Armando Bo.

La belleza de Valparaiso es el telón de fondo perfecto para cada plano en exteriores. La nocturnidad de la ciudad se conjugan con las luces encendidas y los colores vivos, que hacen tono con el fuego que irradia Ema y que va esparciendo por la ciudad, con sus bailes y con su lanzallama. 

Pero todo lo que sucede en  la película tiene un fin, y al momento que el plan de Ema se lleve a cabo, la realidad de todos habrá cambiado, todos se habrán sacado los prejuicios de encima, salir de la normativa social y alcanzar algo distinto. En “Ema”, Larraín reinvindica el reggaeton, lo saca del prejuicio elitista, nos deleita con un trabajo visual y sensorial impecable, con el género musical como herramienta narrativa útil para contar una explosiva historia de liberación.  

Puntaje: 90/100.

 

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