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“Cicatrices” de Miroslav Terzic. Crítica

Una película dramática serbia que combina elementos de suspenso, basada en una historia real.

Un film que se acerca al género de un thriller, y que todo el tiempo es la consecuencia de la apasionada búsqueda de un hijo, ubica al espectador como miembro “fantasma” de todo lo acontecido.Cicatrices - SensaCine.com.mxCon articulada paciencia y sereno relato, discreto e íntimo, la primera media hora del film “Cicatrices” (2019) nos presenta a una mujer de mediana edad que está buscando algo, un dato, una marca, un cuerpo, el de un hijo que ella ha perdido, que ha desaparecido al momento de nacer.

Es una costurera que se ha ido entristeciendo con los años, que deambula por la vida, con una hermosa y triste mirada. Vive con su esposo Jovan (que trabaja de noche) y una hija Ivana, enfrascada en sus relaciones y amistades a través de su celular, enojada y distante de la madre. Podemos decir que los tres integrantes de esa familia han perdido algo de lo que llamaríamos, la luz de la vida.  

A Ana, la madre en cuestión (estupenda Snezana Bogdanovic), nada la aplaca en su continuo problema, el misterio que la rodea. Luego sabremos que fue el robo de su bebé recién nacido dieciocho años atrás. Ana contra todos: la familia (que la acecha con indiferencia frente a sus pequeños ceremoniales); la policía que no puede cerrar el expediente pero que le ofrece todo lo posible para que se aleje de la causa; el personal hospitalario que pretende denunciarla por insana si sigue en su investigación. No hay razón que alcance para resolver el enigma.

Cada tanto, Ana, al salir de su departamento, mueve unos centímetros de lugar un adorno barato, una pequeña estatua de porcelana de dos caballos entrelazados que está en una repisa. Como si se hubiesen movido independientemente de ella.

Todo el resto del film será la consecuencia de esta apasionada búsqueda de un hijo que no es un desaparecido en el sentido que le damos en la historia argentina, ni tampoco un niño que murió al nacer. Quiere saber dónde está su cuerpo. El de ella y el de su hijo. Un detalle no menor es que cuando Ana pregunta acerca de esa falta, le dicen que no quisieron mostrárselo porque era una monstruosidad, que la iba a traumatizar. Esos dos términos serán la clave del carácter de la sustracción, del delito cometido: una monstruosidad y un golpe para ella. 

El director Tarzic y su guionista Elma Tataragic, no se privan en colocarnos casi como miembros “fantasmas” de ese grupo familiar, ya que la acompañamos en sus averiguaciones y sus tensiones con los otros. Tomas muy cercanas, en ambientes cerrados,  se contrastan con tomas abiertas en calles desiertas, en una ciudad que de a poco advertimos que es Belgrado. Estamos en Serbia, años después de lo que fue la guerra de los Balcanes. 

¿Qué es un niño recién nacido sino el resultado de haber sido la causa de un deseo, el de los progenitores? Es en ese sentido que podemos decir que Ana persigue una causa, mientras que para los otros, la causa los persigue a ellos. Una extraña y siniestra  complicidad los emparentados a todos los otros. Ana ha sido mutilada en su percepción, ha sido engañada frente a algo que no engaña. Un bebé recién nacido pierde sus envolturas y eso lo hace mortal, en el sentido de que ingresa a la vida. Es un cuerpo que ha perdido su pasado, aunque lo añore y no tiene un futuro más que en los brazos de quienes lo nutrirá y lo envolverá en capas de palabras y de pedidos, requerimientos, miedos, fantasías. 

Es debido a esto que un bebé es un ser con una plusvalía, que puede llegar a encontrarse con otros que lo desean por su valor de cambio, en un mercado que siempre está ávido de esa “mercadería”. No está de más decir que este relato, que apenas roza la tragedia de esa guerra, habla para la Argentina, de un tráfico de recién nacidos en la época del proceso, que fueron raptados a sus padres y madres presos, y entregados a parejas, muchas de ellas, ligadas a los poderes represivos de entonces. Más que por dinero, era por el valor de haber sustraído “almas manchadas” para ser redimidas en el seno de familias estériles o colaboradoras del proceso.

No deja de llamar la atención cómo la esterilidad se instaló en síntomas, en hombres y mujeres que estuvieron comprometidos en las tareas de “limpieza política” y de “higiene social”. 

Ana está tramitando un duelo que no tendrá conclusión hasta que no se encuentre con una nueva pérdida en su ser. Ella, sabe sin saberlo, que no hay más causa que la que cojea. La Verdad no existe completa: como sucede en cada nacimiento, se pierde una parte, se descompleta y es para siempre. Eso no quita que se la pretenda ser toda Una, como Dios. Será cuando ella constate que su hallazgo consta de una nueva pérdida, que encontrará aplacamiento a su convicción y su sombría vida. 

En un final que se acerca al género de un thriller, el encuentro la pondrá a Ana en la necesidad de ofrecer una disculpa, algo que parecería a primera instancia, un despropósito. ¿No serían  los  apropiadores, los adoptantes, los que tendrían que disculparse? No, el film, nos muestra que es ella la que lo necesita. Una dis-culpa habla de un acto en el que la culpa ha perdido algo: su  objeto. Debido a eso se disuelve su gris mirada y advertimos en su cara un leve tono de relajación, de alegría. Nada indica, al final de la película, acerca del destino de ellos. Serán cicatrices. Eso sí: sabremos qué es lo que mueve a esos caballos de porcelana que están sobre la repisa.

Crítica: Mario Betteo

Edición periodística: Andrea Reyes

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