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Acerca de algunos cultos argentinos

Los documentales argentinos “Zombies en el cañaveral” y “Carroceros”, ¿más afines que diferentes?

Una estupenda coincidencia en el estreno de dos documentales argentinos, hizo posible escribir esta nota: “Zombies en el cañaveral” y “Carroceros”. No se trata de ver sus diferencias, sino su perceptible lazo que atrapa a ambas producciones, algo no previsto, y que jerarquiza a ambos resultados. Lo que las une es lo que las separa. 

Resultado de imagen para carrocerosEl documental “Zombies en el cañaveral” de Pablo Schembri (2019) sorprende y engaña de manera brutal. ¿Será que en la Argentina se filmó antes que en los EE.UU. una película  acerca del ataque de una manada de zombies a un pueblo azucarero del norte, Tucumán, casi un año antes que César Romero filmara su ya histórica “La noche de los muertos vivos” (1968)? El documental investiga e indaga acerca del contenido de esa película fantasma (el film desapareció, ya no existe copia) y la locura que se desata a la hora de salir detrás de las pistas que dejó esa producción, a través de múltiples entrevistas a su director (Ofelio Linares Montt), críticos, productores, actores y actrices, técnicos que habrían trabajado en ella. El furor está construido a partir de una premisa: existe algo que se llama el “origen”, el “acontecimiento primario”, de todas las cosas. Es como un agujero que al argentino le gusta mucho incursionar en él para decir que allí… hay un argentino en el origen. 

En este caso es el del origen de un género de películas, la de zombies, la de aquellos que dados por muertos que vuelven a una vida que no es ni vida ni muerte, sino un sufrimiento descontrolado que obliga a comerse los cerebros de los vivos para tratar de satisfacer un apetito insaciable. Montt sitúa en los cañaverales de caña de azúcar de Tucumán, el ambiente en el cual se pone todo en movimiento, haciendo decir a sus personajes que la película en cuestión también es una denuncia política a un régimen de facto de entonces (Onganía), un acto de rebeldía por un lado, lo inmortal (muy Borgeano), y por el otro, los militares que como zombies atacan a la civilidad. El resultado es fantástico en todo el sentido de la palabra. Una estupenda estafa que se convierte en creíble, porque nos apasiona saber que encontramos el Grial. No importa el precio.

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La Argentina está detrás de todas las cosas: la birome, la picana, el fútbol (Maradona, Messi), los técnicos del tenis, no hay escenario en el mundo que no haya un argentino que forme parte de algún equipo de lo que sea, hasta de la llegada del hombre a Marte. Es una pasión nacional. Ya no se trata de situar en la novela de Richard Matheson, “Soy leyenda”, la base sobre la que se planteó la película de Romero, sino propalar que todos podemos ser, de alguna manera, héroes anónimos que la historia algún día revelará su verdadera identidad. En este caso, los personajes del documental no pueden escapar a la pasión que los anima acerca de la invención de un origen.  

“Carroceros” de Frigerio/Urfeig (2021) es otra expresión de lo mismo, pero en clave de actualidad. No hay lugar en el mundo donde haya más de 30 mil personas que fanatizadas por el film “Esperando la carroza” de Doria, se hayan congregado a través de las redes sociales para hacer una club “de los enfermitos” (así se suelen llamar entre ellos) que se saben todo acerca de la película, que se ríen de un humor bastante simple y que imitan a sus personajes, saben todos sus diálogos, no pueden vivir sin ver la película y encarnar sus personajes. Son una especie de nuevos zombies que no descansan en la misión de poder entrar y estar aunque sea un momento en la casa que fue utilizada como locación principal de esa película de mitad de los años ‘80. 

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“La mejor película de la historia del cine argentino”, declara uno de ellos. Una película que sí podríamos ahora catalogar con justeza, como film fetiche. Obra que se convierte en objeto de culto, en la medida que se desentiende de su materialidad y se catapulta como un objeto que reemplaza una falta fundamental. Ofrece una satisfacción, no por lo que es sino por lo que representa. 

Al respecto, muy delicado sería ensayar una respuesta acerca de que de la película ha funcionado como un rasgo de identificación que reúne a semejante multitud. Habría que hablar con ellos; pero lo que el documental sí muestra y nos dice por boca de algunos, es que la mayoría de sus integrantes conforman parte de la comunidad LGBTQ. ¿Un modo de generar un espacio de las redes para conocerse e intercambiar experiencias de vida? ¿Una matriz de “irreverencia” o “rareza” que el film de Doria, supo inventar a la hora de sustituir a Niní Marshall por Antonio Gasalla para que hiciera de Mamá Cora, sabiendo que ella era un él, y que eso abría las puertas para la sátira y la burla a una sociedad muy paquete y conservadora? La verdad tiene la forma queer.

Finalmente  los “enfermitos” encontraron una pequeña iglesia, un templo que los reúne (la casa imposible de visitar) y que, a su vez, les otorga una visibilidad en la ciudad y en el mundo. No se mezclan con los “no enfermitos”, los binarios, sino que se excitan con saberse adoradores del santo sepulcro de la carroza que nunca llega, porque la supuesta muerte de Mama Cora, todavía goza de muy buena salud.

Crítica: Mario Betteo

Edición periodística: Andrea Reyes

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